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La lucha contra la violencia sexual con un lapicero tembloroso

notepad-penPor: Lydia Matata*

Mi nombre es Lydia Matata tengo 25 años y este es mi segundo año como periodista profesional.  Me encontré con mi primera historia sobre una violación en febrero de 2013, cuando cubría una noticia sobre aborto.

Durante la entrevista con un grupo de defensores por el derecho a decidir, escuché una conversación entre dos de mis entrevistadas sobre cómo las violaciones en grupo se habían convertido en sucesos generalizados y normalizados en los barrios pobres, en los que estaban situadas sus organizaciones.

Así es como llegué a los barrios bajos de Dandora. Ya que soy una mujer que nació y creció en la capital de Kenia, Nairobi, siempre he sabido – aunque vagamente- que mi seguridad como nunca está garantizada.  Lo sé por los artículos periodísticos y los datos estadísticos que he recopilado para mis proyectos universitarios, pero conocerlo de verdad significa que te haya pasado a ti o, al menos, que vives y trabajas al lado de las miles de personas a las que les ha sucedido, teniendo pleno conocimiento de esa instancia de violación o profanación.

El día que visité Dandora  para entrevistar a las jóvenes que habían sido víctimas de “Kuchotwa”, la violación en grupo estaba tan generalizada y normalizada en sus jóvenes vidas que ya no la llamaban violación, sino  que utilizan una palabra de la jerga que significa “levantada” (scooped up), haciendo una tosca traducción del Kiswahili al inglés. Cuando di la primicia de la historia en el artículo “El secreto más escalofriante de Dandora – la Violación en Grupo está en Alza” (publicado en El Periódico La Estrella el 12 de Marzo de 2013), fue el principio del conocimiento.

Desde que escribí aquella historia he anhelado saber realmente. Por causa del artículo “Violación y el elusivo formulario P3” (El Periódico La Estrella, 17 de diciembre de 2013) fui a otras barriadas, de Mathare a Kibera, visité las comisarías de policía y las organizaciones de mujeres y, por último, la infame oficina del médico de la policía en la sede de la policía de tráfico.

Aprendí, tanto de las víctimas de violación en estos barrios pobres,  de las organizaciones que abogan por sus derechos y de las autoridades que supuestamente deben proteger a las víctimas, sobre cómo el sistema les falla.

Un sistema que garantiza su silencio; comienza en las comisarías de policía donde a las víctimas se las ridiculiza, se las culpa por la violación cometida contra ellas o se las abofetea con peticiones de soborno tan elevadas, que quedan  excluidas del sistema de forma indefinida. Para aquellas que siguen adelante a pesar de todo, les espera la cola en el consultorio del médico de la policía en Nairobi.  Piensen en una cola para votar en las elecciones nacionales en un país superpoblado, luego retiren a los votantes, y remplácenlos con las víctimas de  agresiones físicas y sexuales.  Aunque llegues tan temprano como a las cuatro de la madrugada (4.am), eso no te garantiza siquiera que logres ocupar el número 20 en la cola del médico de la policía. Ni te asegura la posibilidad de ver al doctor antes de que cierren las puertas a las 2.pm.

Mi lapicero, mi libreta y yo hemos narrado las historias de niñas y mujeres, algunas de ellas con discapacidades físicas y mentales, que han sido agredidas sexualmente en varias ocasiones por familiares y extraños por igual. Sin embargo, mientras más historias escribo, más me pregunto sobre el impacto que tienen, si es que lo hay.

La violación en Kenia está normalizada. La gente se ha vuelto indiferente a las historias de las víctimas y a los sistemas que impiden su desarrollo y su vida. Ahora que tengo más conocimiento ¿estoy haciendo lo suficiente?

¿Puede un lapicero y una libreta marcar la diferencia?

 

* Lydia Matata es una estudiante de periodismo keniata de 25 años de edad.

 

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