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La basura no sabe de clases sociales, pero luchar contra ella sí

Photo credit: Joelle Hatem Foto: Joelle Hatem

Acentuado por el calor abrasador del verano, el olor pestilente de la basura pudriéndose derrotó a los gases de la contaminación de Beirut. Bolsas de plástico azules y negras se acumularon en las zonas residenciales de la capital. Montañas de basura ocuparon los estacionamientos privados, obstruyendo parcialmente las calles y enterrando en ocasiones  a algunos coches abandonados, rociados ahora con pesticida blanco.

En otras zonas del país, las autoridades municipales, intentando contener la situación, recurrieron a quemar basura al costado de las calles principales durante las noches. De las escenas surrealistas de la basura quemándose salían llamaradas y polvo en dirección a los edificios de viviendas de los alrededores. Después de la revuelta no sectaria más violenta que tuvo que enfrentar, el gobierno libanés — que decidió extender su período de gobierno dos veces sin llamar a elecciones — acordó recoger la mayor parte de la basura para luego «esconderla», esto es, dispersarla por las zonas menos favorecidas del país y verter una buena parte de ella en el lecho (seco) del río Beirut. Ante la inminencia de las primeras lluvias, una empresa privatizada de gestión de residuos llamada Sukleen trató desesperadamente de desbloquear las alcantarillas, cubriendo los caminos con desechos desintegrados y en descomposición. Resultó inevitable que las lluvias torrenciales de octubre inundaran Beirut con basura que flotaba tranquilamente por las calles, ajena a la indignación popular.

La basura terminó depositándose en vertederos no marcados como tales en todo el país después de que la población de Naameh — un municipio costero en el distrito de Chouf, al sur de Beirut — bloqueara el acceso al vertedero principal, tan insalubre como los otros pero situado en su barrio. Aunque esa población viene sufriendo el mismo problema desde hace más de 15 años, sus protestas nunca recibieron demasiada atención. La intensificación de la crisis de la basura dio lugar a una ola sin precedentes de protestas populares espontáneas. Día y noche hubo gente manifestándose en el centro de Beirut, al que no habían permitido que llegara la basura. Esto no ha de sorprender: después de la guerra civil Solidere,  una empresa de construcción neoliberal cuyo único afán es el lucro corporativo, tuvo a su cargo la renovación del centro de Beirut. El resultado de eso fue que Solidere le arrebató al centro de Beirut su dinamismo popular al reconfigurarlo espacialmente transformándolo en un lugar para gente con dinero.

20973222106_0bf44e23c5_o Foto: Joelle Hatem

La ironía fue que luego de la reacción violenta contra las/os manifestantes, el bastión[1] de Solidere apestaba con el punzante olor acre del gas lacrimógeno; además, las/os activistas se aseguraron de desparramar en la zona la basura traída de barrios menos «elegantes». Sin embargo, lo más notable fueron las jóvenes activistas feministas que participaron en las protestas y resistieron a los arrestos, parándose sin miedo frente a los cañones de agua y soportando los gases lacrimógenos y la brutalidad policial. Esas mismas jóvenes feministas participaron en la fundación y organización de muchos de los movimientos sociales contra el régimen, como Al Shaab Yourid [El Pueblo Quiere].

Movimientos más «liberales» — léase dominados por hombres y por gente de derecha con propensión a invocar el marco de derechos universalizado — surgidos luego de la crisis de la basura, equipararon masculinidad y potencia con la búsqueda de soluciones rápidas y eficientes, con lemas como «El parlamento necesita hombres de verdad». Criticaron a las alianzas de izquierda y feministas por extender sus reivindicaciones a otros aspectos negativos como la corrupción  o a  los derechos sexuales. En su opinión,  si las demandas  eran «demasiadas»,  el enfoque unificado en el tema de la basura corría riesgo de diluirse.  Estos grupos pedían que primero se solucionara la crisis de la basura primero, antes de pasar a otros temas «menos urgentes».

La basura sin procesar es un problema que puede llevar a un desastre a gran escala en el área de salubridad y sin lugar a dudas debe ser tratado de manera oportuna y urgente. Sin embargo, como Lynn y Shant lo expresaron muy bien hace ya años[2], nuestras luchas están constantemente relegadas a un segundo plano. Como jóvenes feministas, nos relegan a las salas de espera de las «crisis», como si tuviéramos que esperar instrucciones para encontrar el «momento adecuado» para entrar en acción.

Se nos pide ordenar los problemas y las demandas en cajitas atadas con moños, y distribuirlas en una escala cuantificable de acuerdo a una jerarquía que va de lo «más» a lo «menos» importante. Aplicar esta jerarquía — inspirada en terribles metodologías empíricas que sirvieron para justificar la opresión de género, la esclavitud, la ocupación y el colonialismo… pero me salgo del tema — significa retrasar indefinidamente cualquier apariencia de justicia social arraigada en la interseccionalidad.

El olor de la basura no sabe de clases sociales. Se filtra en los palacios vacíos del centro de Solidere tanto como toma por sorpresa la calle más sofisticada de Ashrafieh junto con una infestación de moscas (atribuida al distrito armenio vecino, y más pobre, que es Bourj Hammoud). Pero en un país que ocupa el tercer lugar en el mundo entre aquellos con las tasas más altas de desigualdad de la riqueza (superando a los Estados Unidos, que quedan en cuarto lugar), la clase dominante todavía puede limpiar sus depósitos de agua con cloro, colocar filtros en sus grifos y bañarse en agua embotellada importada.

La crisis de la basura no se produjo en un vacío. Sus causas fundamentales se encuentran en un sistema corrupto que sigue negándonos el acceso más rudimentario al bienestar, la justicia, la salud y otros servicios básicos. Las políticas neoliberales adoptadas ya hace tiempo por una sucesión de familias que comparten el poder en el gobierno le pasan factura a las libertades sociales y los servicios proporcionados por el Estado. Con la privatización de la mayoría de las instituciones, la escasez de agua es frecuente, los cortes de electricidad ocurren a diario (con un horario predecible y rotativo para cada barrio de Beirut), los precios exorbitantes de los seguros y la atención médica hace que solo resulten accesibles para unas pocas personas y el sistema educativo aliena a las/os estudiantes que vienen de entornos menos privilegiados.

En cierto modo, pareciera que pagamos dos veces por todo («agua a pedido» que llega en camiones, suscripciones caras a generadores, etc.). La población que se encuentra en la mitad inferior de la la brecha económica, incluyendo a las personas refugiadas, sufre pobreza y condiciones de vida miserables en un sistema que privilegia a quienes tienen riqueza a expensas del 99 % de las personas que viven en su territorio.

El movimiento social que cobró vida como respuesta a la crisis de la basura perdió impulso. Esto ya había comenzado a suceder antes de las dos explosiones que sacudieron Bourj Al-Barajneh el 12 de noviembre. Los mismos argumentos sobre la existencia de asuntos «más» urgentes, articulados inicialmente por algunos manifestantes, se presentan ahora para deslegitimar a los movimientos sociales emergentes. El recordatorio de que hay una guerra en curso parece paralizar aún más la acción popular y feminista. Si bien en las plazas públicas y foros abiertos todavía están teniendo lugar discusiones y negociaciones sobre las perspectivas de género del movimiento, la movilización de masas se desvaneció ante la pérdida de vidas humanas y el luto. Pero el dolor y la guerra toman muchas formas; a veces, las internas y a largo plazo son las que más duelen.

005 (2)Nacida en 1989, Ghiwa Sayegh es una anarco-feminista, activista, investigadora, escritora, editora y traductora que vive en Beirut, Líbano. Ha participado en espacios feministas y queer desde 2009. Cursa una maestría en Literatura Inglesa en la Universidad Estadounidense de Beirut y sus intereses de investigación giran en torno a teorías feministas y queer interseccionales, marxismo, género y sexualidad en la región de MOAN, post-colonialismo y orientalismo e historia desde las periferias. Ghiwa es fundadora y actual editora en jefe de Kohl: una Revista Académica de Investigación sobre Cuerpo y Género, una revista académica multilingüe, de acceso abierto y sometida a revisión por pares, que procura responder a las hegemonías culturales y orientalistas de la investigación en torno a género y sexualidad desde la región del Medio Oriente, el sudeste asiático y África del Norte. Integra el comité asesor de FRIDA | El Fondo de Jóvenes Feministas y actúa como asesora de la región del Medio Oriente y África del Norte. Es poeta y dramaturga y habla con fluidez árabe, inglés, francés y español. Es la fundadora de The Feminist Publishing and Production House [Casa editorial y productora feminista], un proyecto en ciernes.

[1] Un juego de palabras para contrarrestar la representación mediática del vibrante barrio popular de Bourj Al-Barajneh como «bastión de Hezbollah» luego de las dos explosiones que lo desgarraran el 12 de noviembre de 2015. «Bastión» es un término más apropiado para centros neoliberales o instituciones militares, que para barrios residenciales.

[2] Shant & Lynn, Thoughts from the Waiting Room: Contemporary Arab Feminisms and the Early 19th Century. Disponible solo en inglés en http://www.bekhsoos.com/2010/03/thoughts-from-the-waiting-room-contemporary-arab-feminisms-and-the-early-19th-century/

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